Las pequeñas cosas

Cuando vamos manejando, en medio del tumultuoso movimiento de los vehículos entre la molesta y bulliciosa vida que nos rodea en el día a día, generalmente no nos damos cuenta de esas pequeñas cosas… Cuando vemos cosas tan desagradables que no hubiésemos querido ver, como a al tío-abuelo bailando reggaetón en un super estado “japi” de embriaguéz,  no nos damos cuenta de esas pequeñas cosas… Cuando nos preparamos para una cita romántica con el(la), nos arreglamos, peinamos y aplicamos ese feo perfume que nos regaló, sólo para que el(la) lo sienta y no se enoje con nosotros porque no lo usamos, no nos damos cuenta de esas pequeñas cosas… Cuando tenemos que realizar algún trámite bancario para el cual hay que estar haciendo una laaaaaaaaaaaarga fila, lo que nos causa un molesto dolor de pies, no nos damos cuenta de esas pequeñas cosas…

Así podría llenar páginas y páginas con ejemplos como esos, y no es que esté
borracho o dopado (como dice un muy querido amigo que debido a una persistente migraña, se ve obligado a tomar medicamentos que alteran su comportamiento y percepción del “psique”, jajajaja), sinó que todo forma parte de una misma idea, una que me fue inspirada por la persona de la que menos lo esperaba.

Durante la semana, tuve la gran bendición de vivir uno de los mejores momentos que me ha regalado mi otra gran novia: La Odontología. Estuve realizando pruebas de la rehabilitación con implantes dentales a un paciente, durante muchos años el paciente se vió obligado a utilizar prótesis removibles (de poner y quitar, sostenidas con ganchos) debido a que le faltaban todas las piezas molares superiores de su derecha. El caso de éste señor lo venimos planeando y trabajando DESDE HACE MAS DE UN AÑO, pues se debieron realizar extenuantes cirugías y varios procedimientos (debido a que era un caso bastante difícil) para poder culminar con la rehabilitación final. Al colocar las prótesis fijas sobre los implantes, le pedí al paciente que mordiera con fuerza, con la finalidad de determinar la adaptación y funcionabilidad de las mismas; sinceramente esperaba una simple respuesta como: “doctor, la siento bien”, o “la siento un poco alta”, o hasta podría haber sido una “las siento muy grandes”, ¿qué se yo?, pero su respuesta fue la que inspiró ésta historia que estoy compartiendo con ustedes, él me dijo:

“Doctor, tenía años de no tener ésta sensación: ¡que muerdo!, no que apreto un pedazo de  plástico ente los dientes y la encía (refiriéndose a las varias prótesis removibles que había usado en el transcurso de su vida) sinó que muerdo al fin”

Al inicio su respuesta no me pareció fuera de lo normal, por lo que continué sin inmutarme con el procedimiento, pero fue hasta el final de la cita cuando el señor con un rostro que denotaba mucha alegría, agradecimiento y satisfacción, me extendió su mano, y se despidió diciéndome: “Gracias por devolverme la mordida, por darme de nuevo la sensación de vida en mi boca”.

Muchas veces uno NO se dá cuenta de las cosas que tiene hasta que las ha perdido, no apreciamos los sonidos de la vida hasta que tenemos un problema que nos dificulta la audición, no apreciamos OIR, no apreciamos el hecho de que PODEMOS VER, aunque sea cosas que no quisiéramos, pero Dios así lo permite; Que tenemos la capacidad de OLER aunque sea ese perfume “horrible”, Que podemos ANDAR CON NUESTROS PIES, aunque sea para hacer largas e incómodas filas, no lo apreciamos; o como en el caso de mi paciente, que significó tanto para él algo que para cualquier otra persona podría parecer incomprensible (por el hecho que Dios nos ha bendecido al conservar todos los dientes), el hecho de sentir que se está mordiendo con relativa normalidad.

Contaba el GRAN poeta y cantor Facundo Cabral (QDDG):

“Un dia se presentó un pobre señor a la casa de un zapatero y le dijo:

¡Hermano! Soy muy pobre y no tengo dinero, ¿serias tu tan amable de arreglarme mis únicas sandalias?

Estoy cansado que todo mundo venga a pedir y nadie a dar, dijo furioso el zapatero.

Yo puedo darte lo que tú necesitas, agregó el señor

¿Podrías darme acaso tú el millón de dólares que necesito? Dijo en tono burlón el zapatero

Podría darte eso y diez veces más, pero a cambio de tus piernas.

¿Para qué quiero yo diez millones de dólares si no voy a poder caminar?

Te doy cien millones de dólares pero a cambio de tus ojos.

¿Para qué quiero yo cien millones de dólares si no voy a poder ver los amaneceres y las puestas de sol?

Entonces te doy mil millones de dólares, pero a cambio de tus brazos.

¿Para qué quiero yo mil millones de dólares si no voy a poder abrazar a mi mujer y a mis hijos?

¡Ah hermano, hermano!, que fortuna tienes, y no te das cuenta…”

Mi paciente me dio una gran lección de vida ésta semana: no debo esperar a perder lo que tengo para poder disfrutarlo o para darme cuenta lo importante que es, más bien DEBO dar gracias a Dios por que puedo hacer esas pequeñas pero valiosas cosas que le dan significado a mi vida: ver, oir, caminar, tocar, abrazar,  besar, amar… Por eso y todo lo demás ¡Gracias Señor!

Por

Javier Francisco Roque Trujillo

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6 respuestas a “Las pequeñas cosas

  1. Saludos cordiales:

    La verdad cuántas oportunidades nos da la vida y solo porque son minúsculas y/o sencillas no estimamos el tesoro invaluable que encierran y lo más irónico hasta que ésas han pasado nos enteramos de la pérdida y el desperdicio.

    Buenísima reflexión para no menospreciar lo que acontece diariamente en nuestra vida!!!.

  2. Muy bonito, y par aplicar la reflexión a la profesión, que valor tiene c/u de los dientes para poder disfrutar cada mordida que se da a los alimentos ingeridos. Buenísimo.

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